Francia lo llama imbécil, ¿y México?


Francia lo llama imbécil, ¿y México?

Francia llama imbécil a Donald Trump. México no lo cuestiona, se inclina.
Francia considera irracional comparar la llamada tasa Google, que  impondrá a los gigantes tecnológicos, con el impuesto a los vinos de su país que  Trump amenaza en imponer. México no exterioriza su malestar por el chantaje: “te impongo aranceles o cambias tus políticas de seguridad y migración”, maquina y actúa Trump.

Acto seguido, el gobierno del presidente López Obrador se inclina y distribuye en la frontera sur a la guardia nacional y le da la espalda al Senado gracias al manto esteticista que lo cubre, es decir, gracias al misterioso concepto tercer país seguro. Claro, el Senado obedece.

La diferencia entre México y Francia se llama diplomacia. Francia la utiliza como herramienta vital del Estado. En México, el presidente la cataloga como algo cara y probablemente innecesaria para su gobierno. Son demasiados viajes, brindis y selfies.

Hacia finales del siglo pasado el economista Jeremy Rifkin publicó La era del acceso, un libro racionalmente profético sobre la mutación de la economía hacia el mundo intangible que iría dejando al margen millones de puestos de trabajo y desapareciendo actividades mecánicas. Rifkin ya hablaba sobre la nube fiscal de empresas que facturan en el mundo pero pagan en el país en el que registran su base. Por ejemplo Irlanda o Luxemburgo, países que ofrecen barra libre a Goolgle o Facebook. Sólo les piden que paguen la propina. No se equivocó Rifkin.

Veinte años después, París ha liderado trabajos en el G20 y en el seno de la OCDE, para impulsar un impuesto que grave a los jugadores globales de Internet: Google, Amazon, Facebook y Apple (GAFA) como los emblemáticos.

Grosso modo, las empresas que facturen 750 millones de euros globales al año y, al menos, 25 millones en Francia, pagarán 3% de impuesto. El presidente Macron sabe muy bien que la Unión Europea de Jean-Claude Juncker jamás permitirá el impuesto por dos razones: no hay política fiscal comunitaria y él está en contra. En su gestión como primer ministro de Luxemburgo, fue él quien ofreció barra libre a las tecnológicas pagando una leve propina.


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